Periódico EL OBSERVADOR

¡Para que aprendamos a valorar lo nuestro!

viernes, 29 de julio de 2011

El amor ataca la inteligencia


A los enamorados extremos se les desconfigura su habilidad natural de valorar objetivamente a sus parejas, quedando, a causa de su falsas apreciaciones de las personas amadas, a merced de su voluntad y de su gobierno...

Según los últimos estudios, las personas perdidamente enamoradas, han reducido la facultad de criticar a sus parejas, es decir, se han vuelto incapaces de ver sus defectos, lo que viene a corroborar el dicho de que el amor es ciego... y –como si fuera poco– también tonto.

Al menos esto es lo que sucede en los casos de amor romántico o maternal, –según la neurobióloga Mara Dierssen, investigadora del Centro de Regulación Genómica de Barcelona– en los que se ha detectado que, ante determinados sentimientos, se desactiva la región del cerebro encargada del juicio social y de la evaluación de las personas.

Se suprime, por tanto, o por lo menos se rebaja enormemente, la capacidad de evaluar de manera objetiva a los seres queridos, situación que se reproduce tanto en humanos como en animales. "Cuando nos enamoramos perdemos la capacidad de criticar a nuestra pareja. En cierto modo nos hacemos incapaces de ver sus errores o fallas de personalidad, por lo que puede decirse, con cierta propiedad, que el amor nos vuelve ciegos", señala Dierssen.

Pero el problema es aún más completo y más complejo: no sólo se limita a perder la "visión" real de la persona que nos ha cautivado. Es más crítico. Según la sabiduría popular, el enamorado se vuelve también sordo; literalmente sordo porque no escucha "ni a la madre", como dicen por ahí, ni tampoco considera los conceptos de quienes están mirando los toros desde la barrera y que bien podrían informarle imparcial y verazmente sobre las "cualidades" de la "joyita" que le está manejando la voluntad, el corazón y hasta la billetera.

A este mismo respecto, en «Martín Fierro» —libro en el cual encontramos siempre frases expertas referentes a cada uno de los temas de la vida–, en lo relacionado con el enamoramiento del hombre, su autor José Hernández, prescribe:

“Es zonzo el cristiano macho

cuando el amor lo domina”.

Donde "zonzo" además de insípido, significa simple y bobo. Los estudiosos del comportamiento humano no llegan a conclusiones así tan deprimentes, por medio de pruebas psicológicas o tras experimentos en laboratorio, sin embargo, gracias a la ciencia que enseña la vida cotidiana, hemos conocido casos patentes en los cuales al enamorado extremo o enfermo sentimental se le nota por encima que se le ha bloqueado o hasta atrofiado la región cerebral encargada de analizar imparcialmente a su Dulcinea. Es cuando, no solamente las madres sino también los observadores neutrales, se dan cuenta de que ese alguien con mal de amores demuestra con sus obras y actitudes que ha rebosado niveles de inmadurez peligrosa, de propensión a la esclavitud y, que por lo mismo y tanto, se halla, por un lado, en posición inadecuada para tomar decisiones cruciales para su futuro, como por ejemplo comprometerse en matrimonio, casarse, traer hijos al mundo; y, por otro, se le nota algo torpe para lidiar en el presente con asuntos sencillos pero significativos, como por ejemplo, los relacionados con el manejo de su tiempo, con el gasto de su dinero, con el cumplimiento de sus otros deberes, con la aplicación de sus energías físicas o mentales en otros aspectos importantes de su vida.

Por su parte, los psicólogos, como buenos estudiosos del comportamiento humano, aunque no tienen claro cómo se producen los enamoramientos, sí están de acuerdo en que afectan dramáticamente la conducta, hasta el punto que a los clientes que los padecen, les aconsejan que no se desesperen, que tengan paciencia, que no son enfermedades incurables. Para ellos es simplemente una especie de enfermedad mental transitoria que bloquea el buen funcionamiento del cerebro, y hace ver en la otra persona cualidades que no existen y que oculta defectos evidentes, como es el caso clásico de Don Quijote quien describirá a la ordinaria labradora Aldonza Lorenzo, quien "tuvo la mejor mano para salar puercos", como una pomposa joven virtuosa, emperatriz de La Mancha, de sin par y sin igual belleza, sólo existente en la imaginación de ese inmortal soñador, pero nada que ver con la realidad.

Por fortuna, entonces, estos observadores profesionales tienen palabras de aliento y tranquilidad para este tipo de pacientes, pues consideran dicho fenómeno, o síndrome de la tontería del enamoramiento, (STE), como proceso natural cuando arrecia en intensidad la etapa inicial del amor entre dos personas. Pero insisten en que se puede y se debe superar, para dar paso al surgimiento de una relación amorosa realista, inteligente y con pleno uso de los cinco sentidos. Pero sobre ese tema de la cura ya hablaremos en otra oportunidad.

Ya para terminar citaremos las palabras extremas del ensayista español Ortega y Gasset al respecto, según el cual el enamoramiento es un estado de "imbecilidad transitoria", que no se puede mantener bioquímicamente por mucho tiempo, por cuanto peligra incluso la vida de los enamorados.

Otros, por el contrario, no conformes con eso de que el enamorado sea un imbécil transitorio alegan tener pruebas de que el amor es una buena droga–como dice la canción–– que cuando una persona se encuentra bajo los efectos del STE es como si se encontrara bajo los mismos efectos de la cocaína. Aseguran haberse dado cuenta de dicho fenómeno al analizar las diferentes áreas del cerebro que operan durante el enamoramiento: "Tanto la cocaína ––dicen–– como la euforia que produce el estar enamorado, afectan las mismas áreas cognitivas del cerebro. Se liberan ciertos productos bioquímicos como la dopamina, la oxitocina y la adrenalina. La dopamina es la responsable de incrementar la frecuencia cardiaca y de producir sentimientos de motivación y de buen humor. La oxitocina, mejor conocida como la "molécula del amor", es la encargada de la excitación sexual y la adrenalina es la culpable de que se produzcan efectos tanto excitadores como inhibidores". De todas maneras, bajo este enfoque, así el enamorado la pase "rico", su inteligencia, su control emocional, su capacidad de ver objetivamente a la persona amada quedan disminuidos si no bloqueados. Pero suponemos que han descubierto una fórmula estupenda para recuperar a un buen grupo de drogadictos: hacer que se enamoren, para que sustituyan así la cocaína.

Finalmente, vale la pena citar unas palabras de Erich Fromm, el conocido autor de El arte de amar, en cuyas páginas establece pautas para pasar del STE al amor correcto, como ésta, por ejemplo:

"Empezamos a amar ––escribe–– no cuando imaginamos encontrar una persona perfecta, sino cuando aprendemos a ver perfectamente una persona imperfecta."

HUMORISMO INOLVIDABLE


El patrimonio oral de mi padre es un elemento valioso del depósito cultural de la generación de su tiempo, digno de perpetuarlo y compartirlo

Sucedió precisamente en una ocasión inolvidable (como lo ampliaré después), que nuestro padre nos dio dinero para que fuéramos a comprar helados. Y yo, como menor y mandadero, fui el encargado de ir a la tienda a traerlos. Pero tuve la candidez de recibir uno con media avispita dentro. Contento con lo que creía ser una ganga les comenté a mis hermanos, una vez de vuelta:

"Me han dado de ñapa otro helado, solo que viene con "mosca"

(Tanta era mi candidez o mi bobada zoológica que no distinguía bien los insectos. Sólo sabía que ambos eran negritos y tenían alas). Lógicamente mis hermanos, además de desaprobarme, tampoco dedicaron tiempo para averiguar si irían a comer mosca o avispa, tajantemente mostraron claras ganas de cancelar su deseo de comer helados. Sin embargo, como moraleja de la anécdota, nuestro padre entonces se me quedó mirando sin reproche alguno y no sé si esa vez o después pronunció una de sus mejores sentencias:

"En esta vida, muchacho, los problemas que puedan resolverse con plata, hay que resolverlos de inmediato. Como hoy me ha ido bien en la ortodoncia y tengo billete, aquí tienes más plata, cómprate otros helados, pero sin "mosca" incluída, por supuesto".

Posteriormente, sumaría un elemento más a mi inteligencia práctica, cuando tuvimos que ir a la relojería a que le examinaran un reloj pensionado que ya no quería funcionar por las buenas. El abuelo que atendía el local lo tomó en sus manos con ademanes científicos y lo destapó con la experiencia y el cuidado propios de la sabiduría de años largos destinados a ese menester. Una vez destapado y con un visor de aumento en un ojo miró despacioso todo el mecanismo, pero sin hurgarle nada. Al final, lo acercó a la boca para propinarle un soberano soplo donde estimó necesario. Inmediatamente la diminuta maquinaria del reloj empezó a funcionar.

Mientras recobraba la respiración el experto técnico le fue colocando la tapa, luego, vuelto hacia mi padre, con fingida seriedad, le comentó con aires de afamado experto:

--"Estos trabajos son muy difíciles y delicados. Por eso hay que cobrar caro: Son mil pesos".

Sorprendido por el alto cobro –para aquella época– el doliente propietario del reloj abrió ampliamente los ojos y la boca también y le puso reparo:

-- "Mi pesos por un simple soplo". Ante lo cual, el viejo relojero, mirándolo firmemente, sin inmutarse, le contestó:

¡Por qué no lo sopló usted? Apuesto doble contra sencillo que no sabría hacerlo como yo lo hice".

Como a regañadientes Marbolleán –como solía identificarse mi padre en sus escritos– sacó la cartera, contó los billetes y le pagó al viejo zorro. Una vez abandonado el taller, me detuvo en la esquina y vuelto hacia mí me comentó pausadamente, de una manera directa, a lo santandereano:

"Te has dado cuenta, hijo, definitivamente el que sabe, jode. Por eso es que debes estudiar con ganas para aprender y saber, no para ser déspota con los demás"

Pero ese "Jode" no revestía connotación grosera, era más bien palabra sinónima de aprovecharse, de sacar partido, o, en el peor de los casos de ganarse la plata bien a expensas de la ignorancia culpable de la gente. Y consecuente con sus palabras, no sólo siempre se mostró dispuesto y gustoso a que estudiáramos todo cuanto quisiéramos, sino que también nos brindó apoyó financiero y seguimiento para que lo lográramos. Sin embargo, no todos llegamos lejos y ante esa realidad él repetía como la mamá de un amigo: "Yo sólo puedo rogar, pero criar ganas, no puedo" (Continuará en el Obs.13)

miércoles, 13 de julio de 2011

¡MADRE, NO HAY SINO UNA!


Por Leb

Cuenta uno de los folclóricos humoristas que una vez una buena maestra de una escuela, precisamente en mayo, les asignó a los estudiantes la tarea de redactar una composición tierna, linda y simpática que rematara con la consabida frase: "Madre no hay sino una", frase que siempre ha puesto de relieve la importancia y el valor excepcional de las madres, así como el necesario sentimiento de gratitud, aprecio y honra singulares hacia ellas.

Al dia siguiente, entonces, en la clase de Castellano, a la solicitud de la maestra, uno de los estudiantes más juiciosos y aplicados, frente a sus atentos compañeros, declamó lo siguiente:

"Tengo una madre bella

que me quiere y ayuda,

que se muere y desvela

por verme lleno y feliz

como nadie lo hace

en el mundo por mí;

es conmigo tan única

que puedo decir con premura

que Madre no hay sino una!

La profesora muy complacida aplaudió al niño junto con los demás compañeros y lo felicitó por contar con una madre ideal.

En seguida, otro chico, ante la petición de la maestra, tomó la palabra y dijo:

Eres sol que ilumina mis caminos,

el mar donde mi alma desemboca,

el ser en quien se apoya mi vida...

Cuando el mundo me interroga

Si hay dos seres grandes como tú,

Respondo con voz trémula de una:

¡No, Madre no hay sino una!

Los niños y la maestra con ellos, muy emocionados, aplaudieron la composición. Y, al igual que al primero, le puso cinco en la planilla de los indicadores de desempeño y lo felicitó repetidamente por alabar a una madre tan sublime.

Finalmente, le correspondió el turno a uno de los chicos más intranquilos del salón, firmante asiduo del Observador disciplinario, quien, puesto en pie, aferrado a su cuaderno, empezó a leer su composición:

"El otro día en mi casa de invasión

mi madre alegre con dos amigotas

celebraba ruidosa y con palabrotas

de las madres la especial celebración.

Entonces, ya bastante alegrona,

para honrar a las compañeras,

protestó con rejo y gruñona

que urgente fuera al congelador

por una ronda de cervezas...

Fue cuando, al abrir la puerta,

me quedé allí sufrido y yerto,

Entonces grité con amargura,

angustia infinita y con apuro:

!Ay, Madre, no hay sino una!

Mientras sus compañeros reían fuerte aplaudiendo mucho, la maestra, por su parte, sin hacerle reparos o correcciones, también marcaba un "chulito" en la planilla de calificaciones, signo de que el niño había cumplido la tarea, así hubiera puesto una coma de puntuación después de "madre", trastornando bastante la sintaxis de la última línea. Pero no se le pasó por la cabeza felicitarlo como a los otros dos por tener también una madre tan humana y tan real como el mundo donde él había nacido y estaba viviendo.

Era claro también que el chico inteligente entendía bien la importancia de resaltar la existencia excepcional de las madres mediante ese verso trillado "madre no hay sido una", sólo que a él le había tocado precisamente una gustosa de la cerveza y de otras tentaciones mundanales. No era por lo visto una mujer de amores poéticos, con credenciales celestiales. La maestra lo entendería después, cuando en su alcoba, en el colchón, reconocería que las madres en su mayoría son mujeres con cualidades naturales y con defectos sobresalientes, pero que cumplen con sacrificio su papel en la crianza y en la formación de su prole, tal como inclusive lo hizo la de ella, cuya tumba visitaba seguido.

Al día siguiente, entonces, felicitó al muchacho por su creatividad y por tener una madre especial, alegre y, sobre todo, de genio enérgico.