
| Según los últimos estudios, las personas perdidamente enamoradas, han reducido la facultad de criticar a sus parejas, es decir, se han vuelto incapaces de ver sus defectos, lo que viene a corroborar el dicho de que el amor es ciego... y –como si fuera poco– también tonto. |
Al menos esto es lo que sucede en los casos de amor romántico o maternal, –según la neurobióloga Mara Dierssen, investigadora del Centro de Regulación Genómica de Barcelona– en los que se ha detectado que, ante determinados sentimientos, se desactiva la región del cerebro encargada del juicio social y de la evaluación de las personas.
Se suprime, por tanto, o por lo menos se rebaja enormemente, la capacidad de evaluar de manera objetiva a los seres queridos, situación que se reproduce tanto en humanos como en animales. "Cuando nos enamoramos perdemos la capacidad de criticar a nuestra pareja. En cierto modo nos hacemos incapaces de ver sus errores o fallas de personalidad, por lo que puede decirse, con cierta propiedad, que el amor nos vuelve ciegos", señala Dierssen.
Pero el problema es aún más completo y más complejo: no sólo se limita a perder la "visión" real de la persona que nos ha cautivado. Es más crítico. Según la sabiduría popular, el enamorado se vuelve también sordo; literalmente sordo porque no escucha "ni a la madre", como dicen por ahí, ni tampoco considera los conceptos de quienes están mirando los toros desde la barrera y que bien podrían informarle imparcial y verazmente sobre las "cualidades" de la "joyita" que le está manejando la voluntad, el corazón y hasta la billetera.
A este mismo respecto, en «Martín Fierro» —libro en el cual encontramos siempre frases expertas referentes a cada uno de los temas de la vida–, en lo relacionado con el enamoramiento del hombre, su autor José Hernández, prescribe:
“Es zonzo el cristiano macho
cuando el amor lo domina”.
Donde "zonzo" además de insípido, significa simple y bobo. Los estudiosos del comportamiento humano no llegan a conclusiones así tan deprimentes, por medio de pruebas psicológicas o tras experimentos en laboratorio, sin embargo, gracias a la ciencia que enseña la vida cotidiana, hemos conocido casos patentes en los cuales al enamorado extremo o enfermo sentimental se le nota por encima que se le ha bloqueado o hasta atrofiado la región cerebral encargada de analizar imparcialmente a su Dulcinea. Es cuando, no solamente las madres sino también los observadores neutrales, se dan cuenta de que ese alguien con mal de amores demuestra con sus obras y actitudes que ha rebosado niveles de inmadurez peligrosa, de propensión a la esclavitud y, que por lo mismo y tanto, se halla, por un lado, en posición inadecuada para tomar decisiones cruciales para su futuro, como por ejemplo comprometerse en matrimonio, casarse, traer hijos al mundo; y, por otro, se le nota algo torpe para lidiar en el presente con asuntos sencillos pero significativos, como por ejemplo, los relacionados con el manejo de su tiempo, con el gasto de su dinero, con el cumplimiento de sus otros deberes, con la aplicación de sus energías físicas o mentales en otros aspectos importantes de su vida.
Por su parte, los psicólogos, como buenos estudiosos del comportamiento humano, aunque no tienen claro cómo se producen los enamoramientos, sí están de acuerdo en que afectan dramáticamente la conducta, hasta el punto que a los clientes que los padecen, les aconsejan que no se desesperen, que tengan paciencia, que no son enfermedades incurables. Para ellos es simplemente una especie de enfermedad mental transitoria que bloquea el buen funcionamiento del cerebro, y hace ver en la otra persona cualidades que no existen y que oculta defectos evidentes, como es el caso clásico de Don Quijote quien describirá a la ordinaria labradora Aldonza Lorenzo, quien "tuvo la mejor mano para salar puercos", como una pomposa joven virtuosa, emperatriz de La Mancha, de sin par y sin igual belleza, sólo existente en la imaginación de ese inmortal soñador, pero nada que ver con la realidad.
Por fortuna, entonces, estos observadores profesionales tienen palabras de aliento y tranquilidad para este tipo de pacientes, pues consideran dicho fenómeno, o síndrome de la tontería del enamoramiento, (STE), como proceso natural cuando arrecia en intensidad la etapa inicial del amor entre dos personas. Pero insisten en que se puede y se debe superar, para dar paso al surgimiento de una relación amorosa realista, inteligente y con pleno uso de los cinco sentidos. Pero sobre ese tema de la cura ya hablaremos en otra oportunidad.
Ya para terminar citaremos las palabras extremas del ensayista español Ortega y Gasset al respecto, según el cual el enamoramiento es un estado de "imbecilidad transitoria", que no se puede mantener bioquímicamente por mucho tiempo, por cuanto peligra incluso la vida de los enamorados.
Otros, por el contrario, no conformes con eso de que el enamorado sea un imbécil transitorio alegan tener pruebas de que el amor es una buena droga–como dice la canción–– que cuando una persona se encuentra bajo los efectos del STE es como si se encontrara bajo los mismos efectos de la cocaína. Aseguran haberse dado cuenta de dicho fenómeno al analizar las diferentes áreas del cerebro que operan durante el enamoramiento: "Tanto la cocaína ––dicen–– como la euforia que produce el estar enamorado, afectan las mismas áreas cognitivas del cerebro. Se liberan ciertos productos bioquímicos como la dopamina, la oxitocina y la adrenalina. La dopamina es la responsable de incrementar la frecuencia cardiaca y de producir sentimientos de motivación y de buen humor. La oxitocina, mejor conocida como la "molécula del amor", es la encargada de la excitación sexual y la adrenalina es la culpable de que se produzcan efectos tanto excitadores como inhibidores". De todas maneras, bajo este enfoque, así el enamorado la pase "rico", su inteligencia, su control emocional, su capacidad de ver objetivamente a la persona amada quedan disminuidos si no bloqueados. Pero suponemos que han descubierto una fórmula estupenda para recuperar a un buen grupo de drogadictos: hacer que se enamoren, para que sustituyan así la cocaína.
Finalmente, vale la pena citar unas palabras de Erich Fromm, el conocido autor de El arte de amar, en cuyas páginas establece pautas para pasar del STE al amor correcto, como ésta, por ejemplo:
"Empezamos a amar ––escribe–– no cuando imaginamos encontrar una persona perfecta, sino cuando aprendemos a ver perfectamente una persona imperfecta."



