Periódico EL OBSERVADOR

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viernes, 29 de julio de 2011

HUMORISMO INOLVIDABLE


El patrimonio oral de mi padre es un elemento valioso del depósito cultural de la generación de su tiempo, digno de perpetuarlo y compartirlo

Sucedió precisamente en una ocasión inolvidable (como lo ampliaré después), que nuestro padre nos dio dinero para que fuéramos a comprar helados. Y yo, como menor y mandadero, fui el encargado de ir a la tienda a traerlos. Pero tuve la candidez de recibir uno con media avispita dentro. Contento con lo que creía ser una ganga les comenté a mis hermanos, una vez de vuelta:

"Me han dado de ñapa otro helado, solo que viene con "mosca"

(Tanta era mi candidez o mi bobada zoológica que no distinguía bien los insectos. Sólo sabía que ambos eran negritos y tenían alas). Lógicamente mis hermanos, además de desaprobarme, tampoco dedicaron tiempo para averiguar si irían a comer mosca o avispa, tajantemente mostraron claras ganas de cancelar su deseo de comer helados. Sin embargo, como moraleja de la anécdota, nuestro padre entonces se me quedó mirando sin reproche alguno y no sé si esa vez o después pronunció una de sus mejores sentencias:

"En esta vida, muchacho, los problemas que puedan resolverse con plata, hay que resolverlos de inmediato. Como hoy me ha ido bien en la ortodoncia y tengo billete, aquí tienes más plata, cómprate otros helados, pero sin "mosca" incluída, por supuesto".

Posteriormente, sumaría un elemento más a mi inteligencia práctica, cuando tuvimos que ir a la relojería a que le examinaran un reloj pensionado que ya no quería funcionar por las buenas. El abuelo que atendía el local lo tomó en sus manos con ademanes científicos y lo destapó con la experiencia y el cuidado propios de la sabiduría de años largos destinados a ese menester. Una vez destapado y con un visor de aumento en un ojo miró despacioso todo el mecanismo, pero sin hurgarle nada. Al final, lo acercó a la boca para propinarle un soberano soplo donde estimó necesario. Inmediatamente la diminuta maquinaria del reloj empezó a funcionar.

Mientras recobraba la respiración el experto técnico le fue colocando la tapa, luego, vuelto hacia mi padre, con fingida seriedad, le comentó con aires de afamado experto:

--"Estos trabajos son muy difíciles y delicados. Por eso hay que cobrar caro: Son mil pesos".

Sorprendido por el alto cobro –para aquella época– el doliente propietario del reloj abrió ampliamente los ojos y la boca también y le puso reparo:

-- "Mi pesos por un simple soplo". Ante lo cual, el viejo relojero, mirándolo firmemente, sin inmutarse, le contestó:

¡Por qué no lo sopló usted? Apuesto doble contra sencillo que no sabría hacerlo como yo lo hice".

Como a regañadientes Marbolleán –como solía identificarse mi padre en sus escritos– sacó la cartera, contó los billetes y le pagó al viejo zorro. Una vez abandonado el taller, me detuvo en la esquina y vuelto hacia mí me comentó pausadamente, de una manera directa, a lo santandereano:

"Te has dado cuenta, hijo, definitivamente el que sabe, jode. Por eso es que debes estudiar con ganas para aprender y saber, no para ser déspota con los demás"

Pero ese "Jode" no revestía connotación grosera, era más bien palabra sinónima de aprovecharse, de sacar partido, o, en el peor de los casos de ganarse la plata bien a expensas de la ignorancia culpable de la gente. Y consecuente con sus palabras, no sólo siempre se mostró dispuesto y gustoso a que estudiáramos todo cuanto quisiéramos, sino que también nos brindó apoyó financiero y seguimiento para que lo lográramos. Sin embargo, no todos llegamos lejos y ante esa realidad él repetía como la mamá de un amigo: "Yo sólo puedo rogar, pero criar ganas, no puedo" (Continuará en el Obs.13)

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