Editorial de El Observador, edición Octava. Por Luis Eduardo Botello B. (Lebb)(Según los informes de la prensa no escrita el hombre estaba tan distraído justamente en el instante trascendental del “Acepta a fulanita por esposa”, que la novia, algo alarmada, tuvo que darle un severo codazo para hacerlo volver a la realidad. El Padre muy comprensivo con el novio repitió entonces la consabida pregunta y fue cuando él dio una respuesta que se hizo famosa en toda la comarca y trascendió los tiempos: “¡Sí, Padre –dijo– siga diciendo que a mí me gustan todas esas ‘vainas’!” )
Pero ya fuera de chiste y hablando en serio, está comprobado que todos somos valiosos en muchos aspectos y que el progreso de una sociedad o de una empresa se basa en reconocer y dejar actuar las competencias del otro, sin envidias o recelos, primando el bien común y el desarrollo colectivo. Cuando alguien niega su aporte personal o entierra su riqueza interior o impide que los demás lo hagan, está contribuyendo culpablemente no sólo a su fracaso existencial, sino también está impulsando el empobrecimiento social al generar mezquindades y egoísmos morbosos. A este respecto, hace poco los lecheros hicieron algo verdaderamente escandaloso. Por exceso de producción no pudieron vender toda la leche. Tampoco pudieron guardarla, no estimaron rentable para la industria regalarla siquiera, optaron más bien por verterla en las alcantarillas. (Los chicos acuñaron hace rato un término para este clase de tipos, los llaman precisamente “malas leches”.) Pero es algo parecido a lo que hacen algunas personas ricas no sólo en bienes materiales, sino también en bienes morales, intelectuales y virtuales. Se lo guardan todo, se engordan sólo ellos, como el rico Epulón, no comparten, dejan que se desperdicien sin beneficiar a nadie.
Pero volviendo al cuento, el supuesto bobo no era un rico heredero ni manejaba una hacienda ni siquiera un carro pirata. No ostentaba lógicamente un alto cociente intelectual, ni había sacado puntajes llamativos en la prueba Saber 11. Pero yo creo que era –para empezar– millonario en glóbulos rojos. O, como dice la canción, era rico en sentimientos y en cumplimiento. Le resultó a esa mujer afortunada, trabajador, considerado, casero y –cosa de admirar– resultó fiel. (No le gustaban esas “vainas”) Tampoco era amigo de farras y de vicios. Tampoco le gustaban esas “vainas”. Y eso era lo importante para la recién casada: que él la amara, la respetara y estuviera dispuesto a vivir para ella, para el hogar, para los hijos. Tarea enorme para el hombre, por supuesto, porque ella era enorme, de esas mujeres como la de la caricatura que uno exclama, al verla: “mejor la visto pero no la mantengo”
Para muchos torcidos observadores, ese hombre más que bobo estaba loco por casarse enamorado y sacar a relucir sus cualidades internas. Sin embargo, hizo la mejor elección, porque para los entendidos en la materia, la mayor riqueza de cualquier ser humano, así aparezca minúsculo en sabiduría y dotes intelectuales a los ojos materiales del mundo, es indudablemente saber amar. Cuando se es rico en este sentido se tiene poder para darle sentido a la vida, se tiene valor para afrontar los desafíos y gracia para enriquecer el entorno.
Cuando yo pienso en los estudiantes se me rebota la sana envidia por cuanto ellos, aparte de tener una inmensa capacidad amatoria, son hábiles en muchos campos: Son creativos, emprendedores, no son bobos para nada. Y así sean algunos un poco locos en disciplina y en aplicación para los estudios, cuentan con el perfil perfecto para ser triunfadores.
Pero no basta tanta belleza, es preciso que asuman la conciencia de esa dignidad y obren en consecuencia. Que demuestren que tienen calidad humana, y no es necesario sacudirlos y estrujarlos –como en la caricatura– para que le devuelvan al mundo algo de tantos bienes que reciben y deben administrar.
Mi madre –ya para terminar por hoy– allá en su finca mantenía un gallinero muy productivo. Las gallinas saraviadas eran, como dicen por ahí, las más “picadas” por su habilidad de poner huevos diariamente, como la de la caricatura. No había que suplicarles que cumplieran sus deberes. Sin embargo, habían otras un poco más lentas y rogadas a las cuales ella las alzaba de las patas y las palpaba por allá, como una experta, para concluir diciendo: “¡Esta tiene huevo!” O en el peor de los casos, para dictaminar: “En cambio ésta NO tiene huevo!” Y lo trágico era que si la plumífera persistía en no dar frutos, en no mostrar su producción interna, acababa en la olla, bailando en el sancocho.
Una lección un poco dura para quienes todavía no son conscientes de cuán valiosos y aportantes son para “la humanidad agobiada y doliente”. Los Santos del primero de noviembre no se guardaron ni siquiera una sonrisa porque podía enriquecer la vida triste de alguien. Ni siquiera negaron el chiste flojo que podía cambiar un mal semblante, incluso el de la misma suegra. Menos un saludo a alguien que de pronto estaba falto de reconocimiento. Tampoco rechazaron el chance mínimo de hacer favores a todo el mundo.
Al fin y al cabo, ahí es donde se encuentra la clave de la activación de la vida:
En producir y en dar.

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